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RELATOS DE LUCRECIA
LUCRECIA Y SUS ESCLAVOS
Mi segundo marido y esclavo, Joaquín, (el primero fue Fredy, ver relatos previos) me llevaba 15 años. Nos habíamos conocido en una convención, y enseguida noté su mirada extraviada sobre mí. Cuando nos presentaron, enrojeció. Era un hombre de tamaño mediano, unos 20 cm. más bajo que yo, regordete, con unos grandes mofletes, que rondaba entonces los 40, pero tenía un aspecto muy infantil, probablemente hasta fuera virgen...
La segunda vez que nos vimos fue en una fiesta, un mes después. Se mostró por demás amable. Se veía feliz de haberme vuelto a ver. Estuvo siguiéndome toda la noche, como un perrito, y cuando tomé un poco de más, lo tomé del cuello y le hablé de nuestro futuro junto al oído. Se reía como idiota. Me miraba todo el tiempo el escote, los hombros, las piernas. Lo mandé a buscarme un trago, justo cuando divisé a un hombre al que deseaba hacía tiempo. Se llamaba Paul y era bastante esquivo. Paul se me acercó y nos pusimos a bailar. Nuestros cuerpos se contorneaban y me empecé a calentar. Le dije que me siguiera y en un lugar oscuro, empecé a tocarle la verga sobre el pantalón. El me besaba y me mordía, mientras me apretaba las grandes tetas. Sentía su pija dura, me arrodillé como una loca, le bajé el cierre del pantalón y casi me desmayo de gusto cuando vi que el puto de Paul no llevaba nada debajo.
Su miembro era enorme, tal como me lo imaginaba, no dudé un segundo y me lo metí en la boca. Me lo tragué hasta al fondo de buenas a primeras, y usé mi garganta para cogerme a la gruesa y deliciosa verga de Paul. En eso, vi a lo lejos al tonto de Joaquín, con el trago en la mano, preguntando a mis compañeros si sabía donde estaba yo. Paul me tomó del pelo y me cogió como un verdadero macho, y con unas pocas embestidas, sentí su espesa y rica leche en la boca. Me la tragué entera, le lamí bastante el pito, un poco las bolas, me levanté y fui hacia donde esperaba Joaquín, preocupado y ansioso, dejando a Paul confundido y con los pantalones bajos. Enseguida, le pedí a Joaquín que me llevara a otra parte. Me preguntó si quería conocer su humilde casa, y le dije que sí. Me llevó en su auto, importado, último modelo, y manejó muy nervioso, mientras yo hablaba suavemente de naderías. Me estiraba adrede y le mostraba mi hermoso cuerpo en su esplendor. Llevaba un vestido negro transparente, muy ajustado, con un gran escote y unas altas sandalias de fino tacón.
El pobre estaba como loco. Cuando llegamos a su casa, era una súper casa, una pequeña mansión. Te está yendo bien, eh?, le dije. Sí, me dijo, puedo casarme y complacer en todos sus requerimientos a mi esposa, me dijo. Era un estúpido, hice como que no lo escuchaba mientras recorría el gran living del palacete. Después, monté sobre el brazo de un gran sofá de terciopelo verde oscuro, con las piernas bien abiertas. Lo miré fijamente, estaba idiotizado. Lo llamé y le indiqué que se arrodillara a mi lado. Me empezó a acariciar los pies, y las piernas, y sin que se lo pidiera, se arrojó a lamerme los dedos del pie, con la sandalia puesta. Lo patee sin compasión y cayó al piso. Me pidió disculpas por el atrevimiento. Era un perfecto idiota. Está bien, te perdono. Pero te quiero desnudo en cinco segundos, le dije, sentada aún sobre el brazo del suave sofá. El pobre se atolondró tratando de sacarse la camisa, el pantalón, y los zapatos. Siempre arrodillado, por suerte. Se quedó con un ridículo slip, pero lo miré enojada, y se lo quitó también. Tenía una verga pequeña, fina, pero erecta. Se notaba que estaba disfrutando.
Yo me levanté del sofá, y me quité lentamente el vestido, quedando con un sexy conjunto de encaje negro. Joaquín levantó la vista para mirarme y se estremeció. Quiero besar todo tu cuerpo, me dijo. Tamaño atrevimiento, qué se habrá creído. Yo caminé a su alrededor, me gustaba verlo de rodillas desnudo, lo pateaba de vez en cuando en las bolas, o en el culo, el pobre pitito estaba por estallar. Después me recosté en el sofá, Joaquín estaba boquiabierto mirando mi perfecto cuerpo, estaba inmóvil, agitado. Era demasiada belleza para él. No sé si voy a permitírtelo, le dije, mientras lo llamaba y le daba los tacones de mis sandalias para chupar. Le pasaba la lengua a las suelas y también se tragaba el taco, me gustaba su actitud. Metí mis dos pies enteros en su boca, o al menos intenté hacerlo, y Joaquín tomó alternativamente uno y otro y los chupó unos segundos. Después quiso lamerme los dedos, sacándome una sandalia, y lo patee otra vez. Volvió a pedirme disculpas, era barato. Me levanté del sofá y caminé hacia el ventanal que daba al jardín. Joaquín me siguió de rodillas. Y quedó con su con vistas a mi hermosa cola. Sentí que respiraba más profundamente, pegado a mi cola, me estaba oliendo.
Abrí las piernas, mientras miraba hacia el jardín. Joaquín se enterró en mi cola, entre mis nalgas, con el cola less negro de encaje, y oliendo desesperado murmuraba, qué rico, qué rico. Yo, como si él no existiera, abrí el ventanal y salí al jardín. Era una hermosa noche de verano. Joaquín me siguió de rodillas, con el pito parado, esperando. Lo miré y le pregunté: ¿querés jugar a ser perrito o caballito? Como respuesta, se puso en cuatro patas, y se acercó jadeando con la lengua afuera, como un perro sediento. Sin levantar la vista del suelo, lamió mis pies con las sandalias, y esta vez si le dejé lengüetear y mojar los dedos de mis preciosos pies, con las uñas pintadas de rojo. Después siguió por las pantorrillas, lamiéndolas como si se tratara del último hueso. En eso estábamos, cuando vi del otro lado de la cerca, a un grupo de jovencitos de unos 18 años, que al parecer jugaban al fútbol o algo así. Cuando vieron al respetable vecino del auto importado, desnudo, a mis pies, lamiendo mis muslos, y ladrándole a mi tanga negra, pasándole la lengua, dándole suaves mordisquitos, oh sí, claro que Joaquín sabía ser perro. Me estaba mojando mucho con su baba, los chicos estaban atentos así que decidí mostrar lo mejor de mí.
Lo tomé del pelo y lo hundí en mi concha, sentía su lengua desesperada estrellarse contra el encaje negro. Le separé la tela, y dejé que su lengua, que parecía una víbora, se introdujera un segundo entre mis labios vaginales. ¡Basta!, le dije girándolo hacia un costado. Se quedó triste, desconcertado y con la lengua afuera, sin entender. Es que el no había visto a los vecinitos, con las pijas en alto, masturbándose ante el cuadro que estábamos dando. Ahora quiero un caballo, le dije. Mientras me preparaba para subirme en su espalda, pisándolo un poco con mis tacones, a conciencia. Era solo un pony, Lo monté un poco, caminó en cuatro patas, se sentía bien. Después le dije que quería que fuera mi silla. Ahí sí que no lo pudo creer. Tenía una sonrisa desbordaba en la cara. Se tiró en el piso y esperó (todos son iguales) y me senté sobre su cara. Le dije que fuera perrito de nuevo, y me lamía por donde le permitía el cola less. Yo me senté en su cara, primero con mi concha, y después le di un poco también mi culito, corriéndole el hilo del cola less. Me gustaba el perrito lamiéndome el culito, acariciándome con la lengua el anito.
Me levanté y grité a los vecinos que estaban como locos: ¡chicos, que venga el mejor! Y así saltó la cerca como loco, un muchacho de unos 18 años, latino moreno, con una verga descomunal. Lo llevé de la mano, mientras volvía a apoyar mi culo en la cara de Joaquín que estaba muy apenado por la participación de otro en nuestro momento íntimo, ¡pobre! El chico se arrodilló conmigo, y me chupó las telas, mientras yo lo pajeaba. Me levanté de la lengua de Joaquín y le indiqué al chico, que me sacara el cola less, sin usar las manos, con los dientes, con la boca. El jovenzuelo no podía creer el premio que se estaba ganando, empezó a morder el encaje de rodillas, como un loco, tironeando el tiro hasta lograr romperlo. Joaquín empezó a llorar con el pito parado a reventar, porque a él no le había tocado, ni le tocaría. El chico me empezó a chupar la concha, era un principiante, pero ponía esmero y atención. Se levantó y me la metió, y por dios, que el muy tonto acabó con dos movimientos. Lo empujé y me acerqué a Joaquín que esperaba arrodillado compungido a un costado, y le dije que me limpiara la leche de ese boludo, con la lengua, rápido y profundamente. El obedeció contento de que volviera a usarlo. Me pasó la lengua por la concha, y la metió bien profundo, buscando restos de la leche del chico, que se había ido con sus amigos. Una vez que hubo terminado entré a la casa y me senté para ver TV.
Pasaba los canales mientras Joaquín me servía de alfombra acostado en el piso boca abajo. Procuré pisarlo con mis tacones en la espalda, la nuca, e incluso, penetré con la punta, su estrecho ano. Por favor, suplicó, ¡cásate conmigo! ¿Por qué? le respondí mientras lo pisaba con los dos tacos en el culo, - porque quiero servirte, que seas mi reina, mi diosa, mi ama. Mmmhhhhh, no lo sé, le dije, mientras le pedía con patadas que se diera vuelta. Quería verle la cara de idiota. Joaquín seguía dando razones: tendrás una mensualidad, la que quieras, no tendrás que hacer nada en la casa ni trabajar, yo me encargaré de todo personalmente.
Las palabras de Joaquín comenzaban a tentarme. Mmmmm Quizá, le dije. Por favor, seré tu esclavo, por favor, cásate conmigo. Guardé silencio y coloqué mis sandalias en su cara, le pedí que me las quitara. Con los pies desnudos, lo pisé en la nariz, y en la boca. Le encantaba, tenía el pito erecto, y aullaba de placer. Me daban ganas de asfixiarlo, pero claro que aún no era momento. Así que mi dedo gordo derecho rocé sus labios, que no pudieron resistirse, y se abrieron para comerse entero mi dedo. Ahhh, mmmm, dijo Joaquín, estaba en las nubes. Metí todo mi pie en su boca, y quise atragantarlo. Joaquín abría su boca a más no poder y se atoraba de mi pie, absorto, con los ojos cerrados; mientras me masajeaba el otro pie. No sé, le dije, retomando la charla sobre el casamiento, voy a necesitar más servidumbre, le anticipé. Le metí los dos pies en la boca, Joaquín chupaba mis dos pies al mismo tiempo, como una máquina enfurecida, sentía su lengua entre mis dedos, que luego eran succionados por la ávida boca de Joaquín, que los empapaba cálida y espesamente. Lo que quieras, alcancé a comprender, mientras me comía ambos pies. Le tiré del cabello, para indicarle que se levantara, me recosté en el sillón con las piernas bien abiertas, y le mostré mi ombligo con el dedo. ¿Te gusta? le pregunté. Me encanta, lo amo, me dijo. Demuéstramelo, ordené. Y Joaquín metió su gorda lengua en mi ombligo, y me recorrió por dentro y fuera, me chupó el estómago, la cintura. Lo tiré del pelo y lo llevé de frente a la parte interna de mis muslos. Me acaricié ambos, ¿y esto? ¿Te gusta?, le pregunté. Joaquín no respondió. Se lanzó a besarme los muslos, me babeaba, me chupaba. Abrí bien las dos piernas y señalando mi vagina, le pregunté. ¿Y esto? ¿Te gusta? Joaquín pensó de nuevo en lanzarse con la lengua embravecida a darme placer en la concha, pero no lo dejé. Te pregunté algo, repetí. ¿Y esto? señalando nuevamente mi rosada y suave concha. Lo amo, lo deseo, tengo hambre mortal de él, por favor, quiero beber de ahí. Tenía la mirada afiebrada, liberé de su cabeza y me recosté abriendo bien las piernas, esperando los embates de su lengua desesperada. Fue agradable. Joaquín me lamió, se relamió, me succionó, me comió, se mamó mis flujos, y se los tragó complacido, con deleite que nunca había visto, por un espacio de 40 minutos.
Cuando decidí terminar, montándome a su lengua, y me moví, me di cuenta que había leche suya en la cama. El muy puto había eyaculado mientras me chupaba la concha. Indignada, me senté en su cara, y empecé a moverme para intentar conseguir placer. Me frotaba contra su boca, abría bien las piernas y usaba su lengua para que me penetrara bien adentro, así se lo ordené, bien adentro, le dije, mientras sentía su nariz masajeándome el clítoris. Insistí mucho, frotándome con su cara, con violencia, usándolo como el simple objeto que era, y cuando vino mi orgasmo, su cara se llenó de satisfacción. Pasó el estruendo del placer y vino la lluvia dorada. Joaquín se lo bebió todo, con deleite. Después, me limpió la concha con la lengua, servicialmente, mientras lo hacía, pensé que quizá podría ser buen negocio tenerlo de marido. Así que le dije, acepto, mientras sentía su lengua limpiándome con esmero toda la conchita. Sólo alcanzó a decir, ¡gracias! porque enseguida lo tomé de los pelos y lo hundí nuevamente en mi concha, obligándolo a servirme con la lengua, como es debido.
Ese fue sólo el comienzo, después conocí a mi suegra, que tenía orientaciones lésbicas y fue otro cantar. Joaquín sufrió muchas humillaciones por mí. Ya las contaré....
Autor: Lucrecia
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